El colchón de Yudelkis - Capitulo 1

Esa mañana, el colchón de Yudelkis se empapó por la lluvia. Debido a los caprichos del clima, se había desprendido un trozo de cemento del techo de la habitación, el agua goteó y enchumbó la cama. En La Habana, las construcciones tienen la vida dura. La humedad y el calor corroen sigilosamente las paredes. Si a esto le sumamos la dudosa calidad del mortero local, no es de extrañar que el techo de Yudelkis terminara cediendo algún día. Cosas que pasan. Nada grave. Bastaba con exponer el colchón al sol para que se secara. En cuanto a la reparación del techo, sólo se trataba de un trabajo de albañilería sencillo.

Sin embargo, Yudelkis estaba contrariada. Pensaba que los daños se podrían haber evitado. Desde hacía varios días, una mancha de humedad se notaba en el techo. Una fina grieta comenzaba a aparecer, lo que delataba una probable fisura en el exterior. Ella le pidió a Edelberto, su marido, que la taponara, pero él, que estaba demasiado ocupado con otros asuntos, prefiero delegar la tarea.

—Tranquilízate—le dijo—¡Todo se arreglará! Mi primo Benedicto, que es como un hermano para mí, tiene un amigo especialista en la reparación de tejados. Se llama Antonio. Dicen que es un experto. Cuando se entere de que soy primo de Benedicto, ¡no se atreverá a negarme nada! ¡Esta misma tarde se lo diré!

Y así lo hizo.

En cuanto a Antonio, el experto, respondió sin dudar:

—¡Por supuesto, mi hermano! ¡Tranquilo! Los primos de los amigos son amigos. Dile a tu mujer que no se preocupe más. Voy a buscar el cemento y el material necesario, y luego paso por tu casa. ¡Dalo por hecho!

Edelberto tranquilizó a Yudelkis y se dedicó a sus ocupaciones. Pero, ya lo hemos dicho, los hechos tuvieron lugar en La Habana. Hay que saber que en esta tierra nunca nada es seguro. No se sabe lo que vendrá. Por motivos indubitablemente independientes de su voluntad, el amigo de Benedicto se «complicó», como se suele decir aquí. Le falló a Edelberto. Tanto fue así que, cuando el cielo se crispó, los daños aún no se habían reparado. Entonces, al primer aguacero, chorreó del techo agrietado un delgado hilo de agua que, terminando su caída en medio de la cama, la enchumbó como una esponja.

Eran las 11 de la mañana.

Mas o menos al mediodía, hubieran preferido decir en el lenguaje local.

Como quiera que sea, las inclemencias del tiempo habían llegado a su fin y Yudelkis estaba enfadada. Colocó el colchón sobre cuatro sillas al exterior de la casa y, para aliviar su enfado, se dispuso a poner público lo que acababa de ocurrir. Empezó con su vecina, Irma, quien, desbordando de curiosidad, la observaba desde hacía un buen rato.

—¡Es para que se seque! ¡Edelberto no ha arreglado el techo y ha llovido en la habitación!

—¡Ay, mujer, no es fácil! —declaró Irma con pertinencia.

Luego, la misma Irma transmitió la información a Rina, la vecina de al lado.

—¡El techo de Yudelkis se va a derrumbar, a Edelberto no le importa!

Pronto, en toda la calle, se difundieron una serie de informes del tipo:

¡Ha llovido en la habitación de Yudelkis! ¡Su colchón está destrozado! ¡Pero a Edelberto no le importa!

Era un poco exagerado. El colchón era recuperable y el acusado no era tan descuidado. Simplemente había confiado demasiado en el amigo de su primo.

—¡Es culpa de Antonio! ¡Es un amigo de Benedicto, el primo de Edelberto, que es como un hermano para él! —explicó Yudelkis a Modesto, uno de los grandes amigos de su marido, que pasaba por allí.

Aunque, en un caso así, incriminar a los demás no soluciona nada, ella tenía razón. Antonio, el socio del primo, era el culpable. Había omitido respetar el acuerdo por motivos que, probablemente, tenían que ver con el sofocante calor, la ausencia de ubicación temporal de los habitantes, o, incluso, con los imprevistos de la calle, que obligan a quien busca cemento a acudir, por ejemplo, a casa del amigo de un amigo de un vecino que, tal vez, tenga un saco para vender, pero que, por desgracia, no está en casa porque se fue a Pinar del Río para el cumpleaños de su suegra, o si tienes algunos CUC, puedes ir a la tienda de la calle 70, donde te dirán que pronto entrará cemento, aunque no se sabe exactamente cuándo porque el camión está averiado y los mecánicos están en una reunión de trabajo hasta el final de la semana, o muchas otras explicaciones que se podrían listar en un cuaderno que habría que escoger lo suficientemente grande, y que siempre son pertinentes.

Como Irma había señalado acertadamente, no era fácil.

Pero Yudelkis, que había crecido en estas tierras, había adquirido una gran filosofía. En realidad, ni Antonio, ni la grieta, ni el colchón la atormentaban. Había otra razón: el comportamiento de su esposo. Desde hacía unos días, se encerraba en el garaje. Pasaba todo el tiempo allí y, durante sus breves apariciones para comer o ver la telenovela, no decía palabra alguna. Simplemente explicaba que tenía que hacer un trabajo importante de bricolaje y que no quería hablar del tema. Ella era paciente y lo respetaba, pero si nadie se ocupaba de la casa, ¿qué iba a pasar?

Modesto, que conocía a la pareja desde hacía mucho, intuía que el asunto del techo era sólo la punta del iceberg.

—¿Tienes algún problema con Edelberto? —preguntó con intuición.

Había dado en el clavo. Sabía que algo no iba bien. Su amigo no solía depender de los demás para las tareas de bricolaje. Edelberto, apodado Toto el electrónico por su profesión de técnico, combinaba sus conocimientos sobre resistencias, condensadores y otros circuitos integrados con los de reparaciones de todo tipo. Era un apañado consumado. Entonces, ¿por qué no había reparado él mismo el techo? ¿Qué trabajo le había tenido tan ocupado como para descuidar su hogar y el bienestar de su mujer?

—¡Muchacho, no sé qué le pasa! ¡Lleva una semana sin salir del garaje! ¡Ni siquiera quiere decirme lo que hace! ¡No habla! ¡Ya no se ocupa de nada! Se encierra y ya está. ¡Dice que me lo explicará más tarde, pero está raro!

Finalmente, Yudelkis se había confesado. Lo necesitaba. Como había empezado con Modesto, decidió continuar con todos los curiosos que, intrigados por el colchón, se detenían frente a su casa. Les contó su zozobra: ¿qué le pasaba a su marido?

En el barrio, todos sabían que, unos meses antes, se había producido un cambio en la vida de Toto. Había decidido abandonar su empleo para dedicarse al bricolaje, habilitando un taller en el garaje donde acumulaba todo tipo de componentes electrónicos, carcasas de televisores, radios viejos, piezas de ordenadores y otros residuos tecnológicos.

—¡A partir de mañana haré lo que me dé la gana! —declaró una noche al llegar a su casa—. ¡Tengo 42 años! A mi edad, mi tío de Chicago lo cambió todo; ahora me toca a mí, me voy a poner por mi cuenta. Con los arreglos que hago para los vecinos, deberíamos poder lograrlo. El resto del tiempo haré lo que quiera. ¡Adiós a los jefes, a los subdirectores y a los horarios!

Al día siguiente, no se presentó en su puesto laboral. Yudelkis no dijo nada. No era el primero en intentar ganarse la vida por sus propios medios. Era un excelente profesional y ella creía en él. De hecho, las semanas siguientes lo demostraron. Varios vecinos obstinados con sus electrodomésticos defectuosos recurrieron a sus habilidades. La familia no faltó de recursos y Edelberto pudo ofrecerse tiempo libre. Por fin, se dedicó a su pasión: inventar máquinas. Era lo que le gustaba hacer y, a sus 42 años, no tenía intención de privarse de ello.

Así pues, había logrado su objetivo y vivía en paz. Se permitía el lujo de utilizar sus días como le apetecía. Mejor para él. Pero encerrarse, dejar de hablar y olvidarse de arreglar su casa... Eso sí que era exagerado. Al menos, esa era la opinión de los pocos vecinos que se habían detenido frente a su puerta para reflexionar sobre el problema.

Yudelkis le preguntó a Modesto:

—Tú, que eres su amigo, ¿no quieres entrar a su taller y hablarle?

—¡Afirmativo! ¡Voy a tener una conversación con él!

Modesto, bici-taxista de profesión, era uno de los viejos amigos de Edelberto. Junto con Benito el intelectual, otra figura emblemática de la calle, mantenían una larga amistad. Modesto el bici, era el más joven de los tres. A sus 36 años, él también había dejado su empleo. De formación, profesor en educación física, un día despertó y constató que su vocación tenía límites. Le resultaban más divertidos los clientes del bicitaxi que los padres de alumnos y los inspectores de la Educación Nacional. Por cierto, quizás tenía como pasajeros a padres de alumnos e inspectores de la Educación Nacional sin saberlo. Así llegó a la siguiente conclusión: en la vida, todo es cuestión de posición. Siempre hay que ser el capitán del barco.

Había elegido la libertad y, para atraer a la clientela, recurrió a las habilidades de Edelberto. El técnico había dotado su vehículo de un sistema de iluminación multicolor y un reproductor de discos con cuatro altavoces más un boomer. Los pasajeros, cómodamente instalados en el asiento trasero, disfrutaban de un fondo musical de alta calidad. Lo más espectacular ocurría por la noche, cuando el triciclo emperifollado con todas sus luces, recorría las calles como una discoteca ambulante. Gracias a Toto el electrónico, el carruaje de tres ruedas de Modesto se había convertido en una de las atracciones de la zona.

Por eso, no dudó. Atravesó el pequeño jardín de tierra roja, donde crecían algunos plataneros y un viejo guayabo retorcido que había plantado, en su tiempo, el tío de Chicago. Al fondo, protegido del sol por el mango del vecino, el garaje de viejas chapas oxidadas resonaba bajo el impacto de las últimas gotas de agua que caían del árbol. En el interior, Toto el electrónico se afanaba en su misterioso trabajo.

La puerta estaba cerrada. Modesto tocó, pero, sin esperar a que le invitaran a pasar, giró el picaporte y entró. Yudelkis lo oyó gritar un «¡Hola, colega!», seguido del ruido sordo de una conversación que comenzaba. Dejó que los dos hombres platicaran y se volvió hacia la calle. Ahora, se habían detenido frente al colchón que se secaba al sol: Juancito, el reparador de neumáticos, José Luis, el conductor de autobús, Ramón, el vendedor de escobas, y, sobre todo, Yuneykis, Yusleidy, Yudisleidy y Yumisisleidy de la Caridad, las inseparables amigas de Yudelkis que, desde el banco del colegio, no se habían separado.

Al enterarse de lo ocurrido con el techo de Yudelkis y de que, según los vecinos, Toto se comportaba de forma rara, se habían unánimemente preocupado. Era lunes, día laborable, pero todas estaban en casa cuando se propagó el rumor. Cosas que pasan en La Habana.

Yudisleidy había renunciado a su puesto en la compañía telefónica para dedicarse al futuro restaurante que su esposo, Paco el Español, tenía intención de abrir. Tras informarse de los inconvenientes de Yudelkis, decidió no ir a casa de Vladimir, el verdulero, que, según se decía esa mañana, tenía aguacates a cinco pesos en su carrito. Era una excelente oportunidad, pero la amistad va primero. Yudisleidy de la Caridad, que trabajaba en el servicio de radiología de la Ceguera, se había tomado el día libre para pasar un rato con su nuevo compromiso, al que no vería en varios días. Este se disponía a partir para Camagüey, su ciudad natal, para celebrar los quince años de su primita. Ante el anuncio de los problemas de Yudelkis, Yumisisleidy lo dejó en casa. Él estaba contrariado, pero a una amiga no se le abandona. En cuanto a Yusleidy, vivía sola y disponía como quería de su tiempo libre. Trabajaba de recepcionista en el Museo de Artes Decorativas del Vedado y hoy, disfrutaba del día de cierre. No tenía que rendir cuentas a nadie, lo que no era tan frecuente en La Habana ni en el resto del país. Por último, Yuneykis, la única ama de casa del grupo, había interrumpido la preparación del plato preferido de su marido que servía todos los lunes: ¡yuca con mojo criollo con bastante ajo y manteca de cerdo! Qué le vamos a hacer, esta vez no pudo ser.

Las cuatro habían postergado sus actividades y, decididas a apoyarla, se reunieron en casa de Yudelkis. La escuchaban expresar sus inquietudes en compañía de Juancito, José Luis y Ramón.

—¿Lleva una semana sin salir de su garaje? ¡Una semana! ¿No te dice lo que hace? —Yuneykis preguntó.

—No.

—¿No has entrado en el taller?

—Sí. Hace dos días. Estaba haciendo bricolaje como de costumbre, entre su amontonamiento de piezas. Pero no vi nada especial. Sólo me explicó que estaba trabajando en un invento importante y que no quería hablar con nadie, ¡ni siquiera conmigo!, ¿te das cuenta? ¡A su mujer! ¿A qué le tiene miedo? ¿Acaso soy de las que cuentan todo al primero que pasa, de las que difunden rumores por todo el barrio?

—¡Muchacha, por supuesto que no! —respondieron al unísono todos los presentes.

—¿Te dijo cuánto tiempo tardaría? —preguntó Yudisleidy.

—No, pero no saldrá del garaje hasta que lo termine.

—¡Está exagerando!

Compasivos y solidarios, todos decidieron quedarse con Yudelkis para esperar el resultado de la conversación que tenía lugar en el taller. Para pasar el rato, informaron del asunto a todos los que caminaban por allí. Así que poco después, un segundo informe recorrió la calle:

¡Toto, el electricista, no quiere salir de su garaje! ¡Lleva al menos un mes encerrado ahí dentro!

Pero estos afanosos informantes ignoraban que, pronto, circularía una noticia mucho más sorprendente. Porque, en su taller, al fondo del patio, Toto se disponía a hacer una confesión extraña. La visita de Modesto había dado sus frutos.

—De acuerdo, hablaré, —declaró finalmente Edelberto—. Déjame terminar unas soldaduras y ve a decirle a mi mujer que ya voy. Se lo explicaré todo.

El ciclista salió primero y, mientras esperaba que apareciera su amigo, contó a Yudelkis y a su congregación los pocos detalles de los que disponía.

—¡Está fabricando un artilugio muy curioso! ¡Una especie de columna unida a una bola con cables que salen por todas partes! ¡Tiene botones, luces, agujas y hace unos ruidos muy raros! No me ha dicho nada, pero viene a explicárnoslo.

Los inventos de Toto eran conocidos, y nadie ignoraba de lo que era capaz. Muchos aparatos habían salido de su taller. A veces eran útiles, como sus ventiladores luminosos con los que estaban equipados varios hogares del barrio; otras veces eran espectaculares, como la alarma con petardos que se disponía a instalar en el bicitaxi de Modesto; y otras, menos útiles, como el contador de apagones, que, aunque indicaba con exactitud su número y duración al final de cada mes, no solucionaba el problema.

En resumen, Edelberto solía dar de qué hablar gracias a sus inventos y nadie se privaba de hacerlo. Sobre todo, porque el barrio donde ocurrían los hechos, como tantos otros en Cuba, no se parecía en nada a los distritos de las grandes potencias desarrolladas, donde el buen humor y la conversación con los vecinos, pronto serán sancionados con multas. Aquí, es importante comentarlo todo con todos, estar al tanto de las primicias del vecindario e, incluso, estar dispuesto a inventar cuando la actualidad es pobre en sucesos. Todo esto con un único objetivo: aportarle un poco de fantasía al paso del tiempo. En otras palabras, reírse un poco.

Por eso, cuando Toto el electrónico hizo su aparición, los aplausos y las aclamaciones fueron abundantes. Todos estaban ansiosos por escucharlo. Intuían que iba a hacer una revelación tan interesante que animaría la calle. Según la descripción de Modesto, el aparato en el que el rey del osciloscopio trabajaba actualmente parecía superar a los demás por su originalidad. Si la intrigante máquina era la causa del aislamiento de su inventor desde hacía una semana o un mes (por desgracia, dependemos de los rumores), seguramente, merecía ser conocida.

Edelberto se acercó a su mujer y le dijo:

—No te preocupes. Esta tarde iré a buscar cemento y me ocuparé del techo. Espero que el colchón no esté demasiado estropeado.

Hizo una pausa. Sabía muy bien que Yudelkis y sus invitados esperaban otra cosa de él. Entonces miró a los allí reunidos, esbozó una leve sonrisa y, muy seguro, declaró:

—Estoy fabricando un aparato para comunicarme con los extraterrestres.

Y, para responder al silencio de los vecinos, añadió:

—¡Los extraterrestres! Ya saben... Los habitantes de otras galaxias. ¡Pronto hablaré con ellos!